Colores y Sabores - Prólogo

in #fiction2 years ago


Prólogo


—¿Puedes apurarte?— Preguntó por enésima vez mi madre que estaba esperándome en la planta baja de la casa.

—¡Ya está, ya esta!— Respondí entredientes con voz molesta mientras bajaba las escaleras.

—¿Dijiste algo?— Enarcó una ceja con una mirada amenazadora, esas que siempre te pone tu madre advirtiéndote en que si abres la boca para quejarte, te la rompería de un solo manotazo.

—Nada madre— Contesté cansada mientras colocaba mi bolso de viaje en el hombro.

Ella asintió con una sonrisa y una mirada de victoria

—Eso pensé—

Era la hora de la verdad, iba a pasar dos meses de vacaciones en casa de mis abuelos en el estado Trujillo-Venezuela, más precisamente en un pueblo de mala muerte; cuando era niña me encantaba ir allá pero tan pronto fui creciendo mis ganas de ir siempre eran nulas, tanto que mis abuelos tuvieron que pasar los diciembre en mi ciudad ya que me rehusaba a ir, este año se suponía que iba a ser muy distinto porque con mis amigos habíamos quedado en pasar quince días en las playas de Brasil, y así hubiese sido si no fuera porque a última hora mi abuela se había enfermado alertando a mi madre; esta última usó el recurso de “no sabes cuando podrá ser la última navidad junto a ellos”, haciéndome suspender mi viaje a Brasil y pasar mi navidad en el pueblo.

Me coloqué los audífonos para no tener que escuchar a los trillizos gritarse entre ellos y más aún tener que escuchar a mis padres pelearse por quien le tocaba poner la música en ese viaje, por suerte tenía mi celular y mi ipod cargado para esas siete horas de viaje.

El trayecto en auto había sido un desastre, como siempre. En vez de durar siete horas duró nueve horas por la cantidad de veces que los trillizos querían orinar o querían que le compraran algo para comer, cabe destacar que tenían 9 años y yo le doblaba la edad, es decir, tenía 18 años recién cumplidos.

—¿Falta poco para llegar?— Preguntó Daniel. Para todos eran difícil diferenciarlos, pero para mis padres y para mí era tan evidente la diferencia entre los tres que ellos no podían hacer la típica “él es Daniel, yo soy Andrés y él Miguel”, porque sabíamos quién era quien sin titubear.

—Estamos subiendo la montaña, en una media hora estaremos en casa de tus abuelos— Respondió emocionada mi madre, sabía que ella estaba emocionada de ver a sus padres y podía entenderla, pero aún estaba frustrada por el maravilloso viaje que pude haber tenido y no fue.

—Bienvenidos a Valera— Leí el cartel gigante que anunciaba la llegada a la gran ciudad. Esa “ciudad” tenía sólo cinco salas de cines donde las películas que colocaban eran tan viejas que estaba segura que ya habrían salido por DVD y que posiblemente si hubiera una secuela, en donde yo vivo ya la estuviesen pasando.


Quisiera decir que mis abuelos vivían allí porque por lo menos podría ir a ver -de nuevo- aquellas películas en pantalla grande, pero no era así. Mis abuelos literalmente vivían en un lugar donde ordeñaban vacas y cabras; y donde a las 4 de la tarde la neblina cubría gran parte de la población. Las personas iban a divertirse en “la plaza” que era un lugar donde salías a caminar y era rodeada por grandes cantidades de locales de ventas de ropa, helados, restaurantes y algunos mini hoteles o casas con habitaciones.

Mas precisamente ese pueblo se llamaba “la puerta”, quedaba al subir la montaña. Respiré hondo para ver mi celular, se estaba quedando sin señal, sólo esperaba que se recuperara al llegar a casa de mis abuelos.

Me mordí el labio inferior para cambiar de nuevo la canción, ya no sabía que escuchar, aunque tuviese más de dos mil canciones, simplemente cuando hacías lo mismo durante nueve horas llega un punto en que todo te cansaba.


Luego de cuarenta minutos subiendo la montaña, finalmente llegamos al chalet de mis abuelos, era una casa pequeña pero suficientemente grande para ellos y ahora para nosotros. Era hermoso pues, aunque era minimalista, no perdía su toque rústico que le daba al vivir en un pueblo.

Me bajé del auto estirándome inmediatamente, sentí como mis huesos crujían, pero entonces la voz de mi abuela hizo que levantara la cabeza.

—¡MIMI QUERIDA!— Sonreí ampliamente para abrazar a la mujer canosa y con piel arrugada frente a mi, su olor era el mismo que recordaba, dulce y muy agradable. El cabello tenía un olor a chocolate que siempre me había gustado

—¡Abuelita!, ¿cómo te sientes?— Pregunté mientras la miraba a los ojos, ella estaba vestida con un sueter de lana de color marrón y un pantalón de la misma tela.

—¡Estoy bien!— Sonreí un poco más tranquila y dirigí mi mirada a mi abuelo que estaba abrazando a los trillizos.

—Abuelito— Me acerqué a él para abrazarlo una vez que los trillizos se habían ido a abrazar a mi abuela —Bendición, ¿cómo estás?—

—Estoy bien, pero tú estás tan grande Michelle— Asentí con una sonrisa, tenía dos años que no los veía.

—Y ustedes más hermosos— Respondí para darle un beso en la mejilla, rápidamente saqué mi maleta de la camioneta y entré a la casa.

La reunión familiar siempre consistía en ridiculizarme a mi y a mis hermanos, pero esta pulsada se lo habían llevado los tres chicos. Mi padre le comenzó a contar de nuevo como Miguel le había dicho a la maestra que era una ladilla por estar mandando tantas tareas a clases. Anécdota que ahora era graciosa, pero en su tiempo tuvieron que reprenderlo, de lo contrario lo hubiera hecho de nuevo.

Hubiésemos seguido con aquella conversación si no hubiese sido por el timbre. Mi abuela amagó con levantarse, pero se veía tan cansada que lo hice yo

—Tranquila abuela, yo abro—

—Seguramente debe ser Andrea, me dijo que a esta hora iba a poder traerme la carne

Asentí con la cabeza para acercarme hacia la puerta y abrirla encontrándome con unan chica más alta que yo, con una blusa tan fina que pensé que se podría estar muriendo de frío si no fuera por el sudor de su frente. Sus ojos eran verdes y su mirada era penetrante, su piel era pálida como la nieve y su cabello era largo por la cintura. Su contextura era delgada y tenía sus músculos definidos, pero no marcados.

—Ehmm busco a la señora García— Murmuró con voz grave y ronca la mujer

—Oh, yo soy su nieta— Sonreí de lado

—Debes ser Michelle entonces— Ella sonrió un poco para luego alejarse e ir hasta la Pickup que estaba estacionada frente al chalet. Era una camioneta de color celeste pero aquella pintura estaba toda desgastada, fue hacia la parte de atrás y sacó una cava, ella la cargó dejando notar las venas de su cuello por el esfuerzo que estaba haciendo; me apresuré para ayudarla, pero ella se negó hasta quedar en la entrada de su casa.

—Estos son los kilos de carne y pollo que me pidieron— Ella se pasó el antebrazo por su frente y yo asentí —¿Necesitas que lo lleve hasta adentro?—Preguntó cortésmente

—No, no te preocupes, yo le digo a mi papá que lo meta—

—De acuerdo, nos vemos Michelle— Yo asentí viéndola montarse en la pickup y manejar hasta dos casas más adelante, vio como la chica se bajó para ir hacia su casa

—Ella es Andrea Ferrer — Me sobresalté para voltear la cara y encontrarme a mi abuela con una sonrisa —Vive sola, sus padres fallecieron hace dos años en un trágico accidente y le quedó toda la responsabilidad de sus negocios a ella pues no tiene familia—

Volví a mirar a la casa que ahora tenían las luces prendidas y tragué hondo pensando en lo que sentiría si me quedara sola en el mundo, definitivamente caería en depresión.


Sources: 1,2,3



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