El valle sin sombra. Un cuento (1/3)

in #spanish10 months ago (edited)

Estimados amigos, va la primera parte (de tres) de mi cuento.
Espero que lo disfruten.


jmvelasco4.jpg

Valle de México. José María Velasco.

Cuando se acabaron las metáforas y solo quedó el miedo, el sentido de realidad la obligó a admitir que estaba jodida, quebrada, íngrima y atrapada. Afuera los nubarrones escupían lluvia ácida y espolones de fuego se clavaban en el horizonte brumoso. Le dolía la cabeza. La pierna era otro problema, parecía haberse vuelto sorda al resto de su cuerpo. A esas altura hubiera agradecido cortársela antes que tener que seguir arrastrándola. Qué cansado era todo.
Así que esto era el final, pensó. Recordó a Mika, su mirada vacía cuando el grupo (y ella en otro tiempo más afortunado) lo había dejado atrás con la ración ritual de alimentos que lo sustentarían en su viaje a la frontera de la sombra: un cuenco de semillas, un trozo de pescado seco, agua. Se suponía que luego de cruzar el límite, Baelis en persona lo llevaría al Valle Verde, donde la caza era abundante y la tierra paría los dulces frutos. Fuerte otra vez, sin enfermedad ni miedo. El problema era que Mika siempre había desconfiado de todo. No en voz alta, claro. Los chamanes lo habrían desterrado, pero ella sabía que ese descreimiento era la desolación de sus ojos la última vez que lo vio. Y, mira por dónde, tenía razón.
“¿Cómo sabré que he llegado al Valle, Maestro?”
“En el Valle no tienes sombra. Sólo la luz es tu compañera eterna, y el gozo, la abundancia, la saciedad”
Y a ella le había parecido bien. Claro, hubiera preferido conservar una o dos imperfecciones de la vida. Siempre se preguntaba, por ejemplo, cómo podía ser un premio la abundancia si siempre estabas saciado… Pero, en general, nunca había dudado de que las cosas serían como los chamanes decían (¿y por qué no iban a serlo?). Luego, ella no había tenido tanto tiempo como Mika para dedicarse a dudar. Mika cuidaba ganado, lo que era tarea que hubiera hecho cualquier tonto. Sentarse a la sombra a vigilar el horizonte y criar pensamientos, dudas, palabras… Mika tenía demasiadas palabras en el pecho. Había habido una especie de alivio colectivo, recordaba, cuando llegó su tiempo… Era un hombre extraño. Nunca encontró quien quisiera compartir su petate y parir su descendencia. Y había sido guapo y fuerte en su juventud… Ella, en cambio, siempre fue una mujer como casi cualquiera, siempre con las manos ocupadas con un niño, con una manta que remendar, tallando una aguja del hueso duro de una cabra o puliendo una espina… Había sido notable en su oficio y había enseñado a su hija y a su nieta, pero en un momento ya sus ojos no dieron más y supo que había llegado su tiempo. No lo declaró, sin embargo.
Al abrir los ojos al amanecer, se prometía que ese día declararía ante el chamán. Entonces veía a su última nieta tras la neblina que ahora eran sus ojos y decía que Baelis sería piadoso, que no era gran falla un día más, un brevísimo día más de toda la eternidad de Baelis… Y veía la descendencia orgullosa: su hija, talladora de agujas ya con los cabellos grises, y madre de niña más gentil de su generación; sus tres hijos varones, fuertes, con muchos hijos e hijas hermosas, sus nietas, que aprendían el oficio de tallar; también su prominente nieto menor, elegido por los chamanes. Todo lo había hecho ella, de alguna manera, pues su amado Pora había partido temprano al Valle con la panza destrozada por un jabalí. Tal Baelis hubiera compensado su sufrimiento. Un día más para contemplar su obra era apenas nada para la Eternidad.


Hasta la próxima