Relato: Reckless

in #spanish2 months ago

"Reckless" empezó a sonar en el celular de Sophie Baron, de 19 años de edad, quien estaba durmiendo en su cama. No quería levantarse; no quería ir a la escuela o al trabajo. Quería estar en casa un día, a solas, sin que nadie la moleste, ni siquiera sus padres.

Abrió de inmediato los ojos al fijarse en una cosa: ella ya no vivía en ese infierno.

Ya no estaba en aquél departamento en Polperro, en ese cuchitril que denominaba casa; ya no iba a esa escuela en donde no era bien recibida. No, ella ya no vivía ahí. Ella, la débil y dócil Sophie, se había rebelado contra todo y contra todos; había dado el primer paso para ser feliz, para ser ella misma en plenitud. El temor aún lo siente, pero él le aseguró que no la encontrarían en Londres si ella no quería.

De pie, estiró los brazos y las piernas antes de dirigirse al baño. Se contempló a sí misma en el espejo; su corto cabello oscuro ya no estaba hecho un girón. Las mechas azules pastel hacían juego con el color de sus ojos.

Sonrió con serenidad mientras iba a la pequeña cocina a desayunar su cereal, su manzana, su banana y su granola con un poco de leche de avena. No tenía televisión, pero tenía a la mano uno de los tantos libros que había adquirido la semana anterior. En medio de aquella quietud, de esa paz mental que nunca creyó conseguir, empezó a reflexionar sobre su estado actual.

La última vez que había venido a Londres fue cuando tenía quince años. Había ido con un grupo de chicos, justamente el de las populares. Su "mejor amiga" le explicó que ellas querían... ¿Cómo le habían dicho ellas? Iniciarla en el grupo. Por supuesto, ella no debió ceder; no debió caer en el vil engaño del que estuvo a punto de ser objeto, pero ahí iba, cuán corderita desesperada por ser aceptada, por encontrar una segunda familia en donde refugiarse; desconocía que le habían echado una droga en el vaso de limonada que había pedido, desconocía que estuvo cerca de sufrir una enorme humillación que amenazaba con subirla a páginas de pornografía, no hasta que el hombre de ojos verdes dorados intervino.

Ojos verdes dorados... Un tono sobrenatural, se atrevía a pensar. Un tono que la hinoptizó, la conectó de inmediato con él. Un tono que, sin duda alguna, le salvó posiblemente la vida. A partir de ese encuentro hubieron muchos más; él iba de vez en cuando a Birmingham en su forma animal, pasando siempre por el departamento cuando tus padres dormían bajo los efectos del alcohol. A él le contaba sus penas, sus sueños, sus esperanzas; a él le externaba el deseo de ser libre.

Por su parte, él le aconsejaba, le daba ánimos; incluso le ofreció refugio en su casa o en casa de alguno de sus parientes. Al final, sus palabras surtieron efecto: tras varios días pensándolo con cuidado, ella le tomó la palabra.

En aquella noche, tomó el dinero que había escondido en el colchón de su cama, una pequeña muda de ropa y su oso de peluche, aquél compañero mudo de aventuras que su padre le obsequió cuando tenía 3 años. No dejó nada escrito en la casa, pero sí en la policía; los amigos que él tenía dentro de las fuerzas del orden arreglaron todo para que pareciera verdad su suicidio.

Fue una suerte que contara con su diario, en donde narraba TODO, desde los abusos de sus compañeros de clase hasta la intransigencia de sus padres. No supo qué fue lo que sucedió después; él le había aconsejado que no pensara en ello por un tiempo. En su lugar, se refugió en el departamento de una prima de su amigo en Whitechapel, y ahí se encontraba viviendo aún en la actualidad; trabajaba en una tienda de abarrotes al mismo tiempo que estudiaba la preparatoria nocturna. Ahorraba lo que podía para comprar ropa o libros, y recientemente estaba ahorrando para mudarse a alguna zona cercana a la Facultad de Artes del London College, a donde aspiraba entrar. En dado caso de que no pudiera entrar, trabajaría el resto del año y volvería a presentar doce meses.

Una melodía timbre interrumpió sus pensamientos. Tomando el teléfono, miró en la pantalla un nombre. Con una sonrisa, contestó la llamada:

"¡Hola, Jacob! ¿Cómo estás?... ¿Qué?, ¿ya estás afuera? Dame diez minutos, ¡ahora bajo!"

Fuente de la imagen: Pexels


Nota de la autora: El presente relato está inspirado en la canción homónima de la banda de metal gótico Lacuna Coil, la cual salió hace un año. Si quieren escucharla, la pueden encontrar en Youtube.

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